Alguna vez seguí a Alderik hasta el sitio de las cuevas.
No regresé porque el lugar era peligrosamente exacto en mis recuerdos: una cueva principal, luego varias más pequeñas, y al final de ese pequeño laberinto, un altar dedicado a la Gran Madre. Había pasado años evitando volver. No por miedo, sino porque hay sitios que se quedan grabados en la piel, y tocarlos otra vez duele como una herida vieja.
Esta vez, sin embargo, estaba aquí.
No sabía la dirección exacta. Solo recordaba sensaciones: el aire más frío, la piedra húmeda, el silencio pesado. Mi olfato captaba rastros de animales que habían usado el lugar para protegerse del invierno. Nada de Alderik. Nada que me indicara que aún venía aquí.
Puse la palma contra la piedra y, por un momento, cerré los ojos.
Entonces lo entendí.
Entendí a qué se refería mi hermano.
Lo había pensado durante los últimos años, aunque me negara a admitirlo.
—Dijiste que fuera a la izquierda —gruñí frente al portal, mirando a Zayn—. He estado yendo haci