Alguna vez seguí a Alderik hasta el sitio de las cuevas.
No regresé porque el lugar era peligrosamente exacto en mis recuerdos: una cueva principal, luego varias más pequeñas, y al final de ese pequeño laberinto, un altar dedicado a la Gran Madre. Había pasado años evitando volver. No por miedo, sino porque hay sitios que se quedan grabados en la piel, y tocarlos otra vez duele como una herida vieja.
Esta vez, sin embargo, estaba aquí.
No sabía la dirección exacta. Solo recordaba sensaciones: e