Rowan
El aire dentro de la cueva estaba enrarecido, denso, como si la propia tierra se negara a respirar.
Sostenía a Edward contra mi costado, su cuerpo estremeciéndose en espasmos débiles, mientras el eco del rugido de Anderson aún retumbaba en mis oídos.
Su piel estaba helada, su pulso irregular. Pero estaba vivo.
Lo saqué de entre esas cadenas invisibles que mordían su espíritu y lo arrastré hasta la entrada, donde la luz de la luna se filtraba como un salvavidas.
—Resiste, hermano —susurré