Lucian nunca había sido bueno para quedarse quieto.
Pero ahí estaba, parado junto a la cama, mirando a su hermana sostener a su hijo recién nacido como si todavía no pudiera creer que era real.
La habitación estaba caliente por la chimenea. Afuera seguía nevando fuerte y el viento golpeaba las ventanas de la mansión, pero dentro todo estaba tranquilo por primera vez en días.
Alana tenía el rostro cansado y el cabello pegado a las mejillas por el sudor, pero no soltaba al bebé ni un segundo. Eid