Capítulo 42.

Me quedé inmóvil, con los dedos clavados en el borde del lavabo, esperando el golpe final. Sentía cómo el latido en mi pómulo era tan fuerte que podía oírlo en mis oídos, estaba segura de que la mancha seguiría avanzando hasta cubrirme la frente, el cuello o la vida entera. El pánico me tenía al borde del desmayo.

Pero entonces, ocurrió algo que desafiaba toda lógica médica.

El dolor punzante, ese que se sentía como agujas de hielo perforando mi hueso, cesó de golpe. No fue una disminución grad
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