Capítulo 56.

El silencio que siguió a las palabras del abuelo fue denso, cargado con el peso de una verdad que yo ya no podía ignorar. Miré mis manos, que aún temblaban, y luego toqué el borde de mi máscara. Tenía razón. Desde que Nicolás entró en mi vida mi mundo se había convertido en un campo de batalla de instintos, sangre y terror.

Estar cerca de él era como intentar abrazar un incendio: tarde o temprano, ambos terminaríamos reducidos a cenizas.

— Tiene razón — susurré, y sentí como si algo dentro de m
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