Capítulo 84. El eco de la cacería
El frío de las paredes de cemento se filtraba en la piel de Iris como agujas invisibles. No sabía cuánto tiempo llevaba allí; las horas parecían deshacerse entre el zumbido eléctrico de la luz y la falta de ventanas.
Intentó no llorar. Se abrazó las rodillas, apoyó la frente contra ellas, y respiró hondo. Pero la pregunta la perseguía sin tregua: ¿Por qué?
Recordaba la última vez que había visto a Julián, en el mirador, y sentía un nudo en el estómago. ¿Habría sabido él lo que se avecinaba? ¿Ha