Esa misma noche, Santiago no pudo dormir. La imagen de Alexa, moviéndose como un veneno silencioso dentro de su casa, lo mantenía en vilo. Necesitaba detenerla… pero no de frente. Tenía que hacerla caer sola.
Se levantó antes del amanecer, encendió las luces del despacho y llamó a Elías.
— Necesito que me ayudes con algo —. Dijo apenas escuchó la voz de su amigo.
— Dime.
— Quiero hacerle creer a Alexa que hay algo que podría usar en mi contra. Algo jugoso. Algo que no pueda resistir.
Elías rió