El almuerzo en La Musa había terminado con platos vacíos y una calma frágil entre Ariadna y Víctor, pero Darcy no estaba dispuesta a dejar que el día acabara sin su ansiada tarta de chocolate.
El camarero la trajo a la mesa, una torre de capas oscuras y crema brillante que hizo brillar los ojos de la niña como si fuera Navidad adelantada. Víctor cortó un pedazo generoso y lo puso en un plato pequeño, deslizándolo hacia Darcy con una advertencia suave.
—Solo un poco, peque —dijo, su tono fingien