Leonardo se había marchado minutos antes, su furia resonando en el corredor tras amenazar con pelear contra el mundo, pero Maximiliano no podía seguirlo. Las lágrimas le habían dejado rastros salados en las mejillas, y un dolor sordo le apretaba el pecho, un eco de todo lo que había perdido: su hija de cabello rojo, la confianza de su esposa, cualquier esperanza de redención. Pero había algo que aún podía alcanzar, algo que lo mantenía vivo: sus hijos. Los dos niños que respiraban en incubadora