— Luzco horrible. — Mara se cubría los pechos y el abdomen con las manos, intentando ocultar las marcas violáceas.
— Estás tan hermosa como el día en que te conocí. — Dairon acarició su mejilla, apartando gentilmente sus manos.
Una lágrima corrió al sentir de nuevo el roce de sus labios y el calor de su piel alrededor de su cintura.
— Eres mía. — le susurró al oído. Mara sonrió a medias, tocando tímidamente su espalda desnuda.
Ël enterró la cabeza entre sus pechos haciéndola cerrar los