La lluvia comenzó a caer poco después de que Chris se marchara.
Las gotas golpeaban el techo de zinc de la casa de mi madre como si el cielo quisiera borrar lo que acababa de pasar.
Ella dormía ya, cansada, feliz en su ignorancia.
Yo, en cambio, me sentía despierta de una manera extraña.
El vino, la cena, la conversación forzada… todo me había dejado un nudo en el estómago.
Cada palabra de Chris resonaba en mi cabeza como un eco molesto: “no lastimes a tu madre”, “podemos empezar de nuevo”.
No.