El olor a curry y jengibre me recibió antes de cruzar la puerta.
La casa de mi madre seguía oliendo igual que cuando era niña: a comida recién hecha, a flores frescas y a ese tipo de amor que asfixia sin querer.
—¡Alika! —gritó mi madre desde la cocina.
La vi aparecer con el delantal floreado, los rizos despeinados y la sonrisa más amplia del mundo.
Me abrazó sin dejarme respirar.
—Pensé que el vuelo se había retrasado. Chris llegó hace rato, el pobre. —dijo, apartándose apenas para mirarme—.