Nunca imaginé que Javier tuviera una hermana, y una muy hermosa; se notaba que sus padres eran muy buenos en eso de crear hijos.
—¡Bell! ¡Qué bonito nombre! ¿Por qué nunca la habías traído a casa?
—No es lo que crees, Ana. Ella solo es… —se silenció—una amiga y nada más.
—Pero, ¿qué fue lo que te pasó? —se acercó a su hermano y tocó algunos de sus golpes.
—¡Detente! Eso duele… —se quejó Javier.
—Ya veo por qué te gusta ella; ¡eres una salvaje en la cama! —me señaló.
—No, no es lo que te imagina