—¡Ja! —exclamé, victoriosa—. Te he ganado, de nuevo.
—No es justo, Elle —refunfuñó Nathan, haciendo un puchero y lanzando el control de la consola a la otra punta del sofá—. Estoy seguro de que hiciste trampa.
—¿Trampa? —pregunté con fingido enfado—. No es mi culpa que seas un asco en este juego.
—¡Ese personaje hace trampa! No es posible que siempre me ganes cuando lo usas.
—Es el poder femenino, cariño —resumí, alborotándole el cabello.
Llevábamos horas en el sofá. Pasamos de ver un par de pe