La certeza en los ojos de Harry, la alegría que irradiaba su sonrisa, era un refugio perfecto. Por un instante, el mundo se había reducido a sus manos en mis mejillas, a su frente apoyada en la mía, a la promesa suspendida en el aire entre nosotros. Respiré hondo, saboreando por primera vez en meses una paz sin reservas.
—Entonces es oficial —susurró él, sus pulgares acariciando mis pómulos—. A partir de mañana comenzaré a corte....
—¡Evangeline! ¡Harry! ¡Por todos los santos, dónde se han m