303. Entre el miedo y el silencio
Magnus
Gabriela seguía acurrucada contra mi pecho, su respiración cálida y rítmica rozando mi piel. Su cuerpo encajaba en el mío como si perteneciera ahí, y por un instante quise perderme en esa sensación.
Ella era refugio.
Era presencia.
Pero, al mismo tiempo, era el propio caos dentro de mí.
Mi mente seguía siendo un campo minado, llena de vacíos donde deberían existir recuerdos. Pero el deseo de tenerla conmigo no necesitaba memoria alguna. Era instintivo.
Ella suspiró suavemente y se apartó