169. Incomodidad

Amber

Entrar en la casa de Magnus, sobre todo después de ver a Gabriela con una camiseta que claramente era suya, fue como cruzar un portal hacia una dimensión de incomodidad absoluta. Gabriela, sin embargo, parecía no notarlo… o fingía de maravilla. Insistió en que pasáramos, sonriendo como si fuera la anfitriona oficial.

“Por favor, entren. Ya que están aquí, al menos quédense un rato”, dijo, manteniendo la puerta abierta.

Crucé una mirada rápida con Leonardo, que se encogió de hombros y murmuró algo parecido a un “está bien”. No era el momento ideal para negarnos sin parecer descorteses. Magnus, en cambio, parecía querer desaparecer. Miró a Gabriela, luego a nosotros, como si intentara calcular en qué punto exacto había perdido el control de la situación.

La casa de Magnus era un reflejo perfecto de él: ordenada, elegante, sin caer en lo pretencioso. Un aroma sutil a madera y a algo ligeramente cítrico flotaba en el aire. La decoración, de tonos neutros y muebles minimalistas, tran
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