La tarde comenzaba a teñir el horizonte de un tono rojizo, anunciando la noche, mientras la operación se ponía en marcha.
Claudio Messina, junto a Johana y un equipo de la policía federal (Polizia di Stato) de encubierto, se movían por los alrededores del escondite de Antonio Rossi, en completo silencio, conscientes de que no tenían margen de error.
Mientras que, en el otro extremo de la ciudad, Adriano y Gianina permanecían en la mansión, protegiendo a los niños, quienes creían que podrían ser