La atmósfera en la sala de interrogatorios era densa, casi asfixiante. Antonio Rossi estaba allí, con las muñecas esposadas sobre la mesa de metal. La luz fría destacaba las sombras en su demacrado rostro, pero sus ojos mantenían un brillo calculador.
Había confesado ya parte de su plan, pero quedaban cabos sueltos, oscuros, que los agentes necesitaban atar. A través del espejo de dos vías, Adriano y Gianina observaban aquella escena, sintiendo el peso de la verdad aproximándose como una tormen