La oficina de Ramiro Dalessandro estaba envuelta en un silencio asfixiante. Las luces parpadeaban débilmente sobre las cabezas de Adriano y Gianina, reflejando sus expresiones tensas y desencajadas. El video de la funeraria, donde dos figuras misteriosas cambiaban el cuerpo en el ataúd de Antonio, seguía reproduciéndose en la pantalla como un recordatorio de la devastadora revelación que acababan de descubrir: Antonio Rossi no estaba muerto. Todo había sido una cruel farsa.
Gianina respiraba co