‒ ¿Qué haces debajo de las cobijas, Amelia? ‒ preguntó elevando una ceja, era una situación extraña.
‒ ¡Me has dado un susto de muerte, Eva! No hagas esas cosas, te lo pido, por favor ‒ se quejó exhalando un suspiro de alivio al tiempo que se colocaba la mano libre sobre el pecho, pues la otra se mantenía oculta en su espalda.
‒ ¿Y por qué estás tan alarmada? ‒ preguntó curiosa.
‒ ¿Y por qué irrumpes de esa manera en mi habitación sin pedir permiso? ‒ respondió su prima a su vez, muy inteligent