Maya agitó la mano con fastidio.
—¡Quiero dormir! ¡Cállate! —farfulló.
El corazón de Bob casi se detuvo.
Nadie provocaba al señor Brook y salía ileso.
Intentó de nuevo, con la voz más urgente:
—¡Señorita Anderson!
Maya llevaba un día entero durmiendo y le molestaba que alguien la despertara, aunque su mente estaba borrosa. No distinguía a nadie.
—Señorita Anderson, ¿puede verme? —Bob agitó la mano frente a su rostro.
Maya lo miró sin comprender y volvió a cerrar los ojos. Estaba tan intoxicada