Después de colgar el teléfono, Maya permaneció hecha una bola en la esquina, con las rodillas dobladas contra el pecho, igual que sus tres pobres bebés.
Todo era culpa del bastardo de Alexander. Si no fuera por él, no estaría separada de sus pequeños. Nunca los había dejado ni un solo día desde que nacieron, y ahora tendría que pasar varios lejos de ellos.
Para poder verlos cuanto antes, decidió que los tiempos desesperados requerían medidas desesperadas.
Maya se secó las lágrimas y trató de po