Las palabras que Sid quería añadir se le quedaron atoradas en la garganta.
Cuando se dio la vuelta y vio a Hilda de pie frente a él, el disgusto le oprimió el pecho. A nadie le gustaba sentirse vigilado constantemente.
Sin embargo, en apariencia solo pudo sonreír con suavidad.
—¿Por qué estás aquí? Solo estaba hablando con Maya.
—¿No volviste a buscar a otra mujer a mis espaldas, verdad, Sid? —preguntó Hilda con sospecha.
—¡Claro que no! Fue un momento de debilidad en el pasado, pero me arrepie