—¿Por qué tienes que tratarme así? ¿De verdad necesitas controlar dónde vivo?—
—Puedes hacer lo que quieras— respondió con frialdad—, pero no puedes vivir con Sid sin mi permiso.
Su terquedad era inquebrantable.
La temperatura dentro del coche era como una ráfaga constante de viento helado que le pinchaba los nervios.
Maya frunció el ceño, abatida. Estaba a punto de replicar cuando el coche se detuvo.
—¡Sal del auto!— ordenó Alexander con frialdad. Sin esperar a que el guardaespaldas abriera la