Sus labios rozaron el oído de Maya, y su voz baja y ronca vibró en sus tímpanos, erizándole la piel.
Las cejas de Maya temblaron.
—¿Entonces qué quieres?—
—Los niños son curiosos. Sus preguntas deben ser respondidas. Solo así beneficiará su crecimiento—.
Maya frunció los labios. Qué beneficios podía aportar esa conversación al crecimiento de los niños era algo que escapaba a su entendimiento.
Sabía claramente que Alexander lo hacía a propósito, para ponerla en aprietos.
Si no respondía, la mano