Esa tarde, después del trabajo, fue a comprar fórmula para los niños.
Solo consiguió cuatro latas, pero cargarlas la dejó sin aliento.
Al salir de la tienda, un niño chocó contra ella y cayó de espaldas.
—¡Lo siento! ¿Estás bien? —preguntó Maya, dejando las latas para ayudarlo a levantarse.
Pero su mano se detuvo en el aire.
Conocía ese rostro.
Terry.
El hermano menor de Alexander.
El niño no lloró. Solo la miró, sorprendido.
—¿Qué has hecho? —exclamó una mujer mientras corría hacia él y lo lev