Ver a sus colegas ir y venir frente al vidrio la puso completamente nerviosa.
—Dije que tengo hambre.
Los labios de Alexander rozaron su oído y su voz grave resonó directamente en sus tímpanos.
El cuerpo de Maya se estremeció. Podía sentir claramente su mal humor.
Ese hombre era un misterio… ¿por qué siempre descargaba su irritación con ella?
¿Tenía que acudir a ella cada vez que se sentía así?
—Alexander, ¿qué hice para provocarte? —preguntó, esforzándose por no temblar.
—Quédate quieta… y com