Roberto sonrió, se dio la vuelta y se puso en cuclillas.
Maya dio un salto y le rodeó el cuello con los brazos. Al mismo tiempo, las manos de Roberto la sostuvieron con firmeza por debajo.
—Estás un poco pesada —dijo Roberto.
Maya alargó la mano y le pellizcó el cuello. Roberto jadeó y, en respuesta, le dio una suave palmada en el trasero.
—¡Ah! ¡Tu mano! —gritó Maya, ruborizándose.
Roberto dejó de bromear y su risa resonó en el pecho de Maya.
Cansada, ella se relajó sobre su espalda y cerró lo