—¡Ah!—.
La espalda de Maya se estrelló contra la pared, y el impacto casi le descolocó los órganos internos.
—¡Maldita sea! ¿Cómo te atreves a huir con mis hijos? ¡Con los tres!— Alexander estaba hosco, aterrador. —Créeme, podría destrozarte ahora mismo.—
Maya sintió que iba a aplastarle el cuello.
—Ngh… suéltame… déjame ir…—
—¿Sin padre, eh? ¿Así que yo estoy muerto?— escupió él con frialdad.
—Yo… no fue a propósito…— Maya no esperaba que él aún recordara eso.
Alexander no aflojó la fuerza de