Su mirada cayó sobre el brazalete de su muñeca.
La próxima vez, tenía que escapar con éxito.
Un golpe sonó en la puerta. Maya supo de inmediato que no era Alexander.
Alexander, como dueño de la casa, nunca llamaba: simplemente entraba.
—Señorita Anderson, voy a pasar —anunció Bob.
Tras un momento de vacilación, empujó la puerta y entró. Detrás de él, dos sirvientas llevaron la cena y la colocaron cuidadosamente sobre la mesa.
—No voy a comer. Llévenselo —dijo Maya sin siquiera volverse, con la