El rostro de Maya estaba ligeramente pálido, pero aun con miedo, se mantuvo firme en lo que decía. Tan asustada estaba que soltó de golpe:
—¡Fue tu madre quien se lo contó!
Alexander se detuvo brevemente. Se acercó un paso más y la observó con sus ojos oscuros.
—¿Qué dijiste? —preguntó con una voz aterradora.
—¿Crees que eso no es posible? ¿Qué quieres que diga? Ahora que lo pienso, es bastante irónico. Soy la hija de tu enemiga, pero estás obsesionado con acostarte conmigo. ¿Temes que tu madre