Maya miró a Alexander con incertidumbre; su corazón comenzó a latir con fuerza.
Tras el cambio repentino en el ambiente, escuchó su voz baja y firme:
—Come más tarde, cuando tengas hambre.
No había rastro de enfado en sus palabras.
Maya volvió a mirarlo, sorprendida.
¿Había sido solo una ilusión aquella presión peligrosa?
Quiso decir algo al verlo continuar comiendo, pero se contuvo. Se levantó y se marchó.
Los ojos oscuros de Alexander siguieron su esbelta figura hasta que desapareció de su vi