Maya siguió avanzando, arrastrándose con manos y rodillas sobre el suelo.
Al llegar al costado de la cama, alzó el cuello como un gatito curioso.
Sus ojos se movieron rápidamente hasta encontrar lo que buscaba: su teléfono negro, sobre la cama.
No perdió ni un segundo. Lo tomó y se escondió junto a la cama para revisarlo.
¿Tendría contraseña?
Maya deslizó el dedo… ¡y el teléfono se desbloqueó!
Se quedó boquiabierta. Alexander no había puesto ninguna contraseña.
Quizá se tenía demasiada confianz