El bullicio se desvaneció como si alguien hubiera silenciado el mundo entero.
Caminaba con esa presencia que nadie más tenía: una mano en el bolsillo, la otra mostrando un reloj negro brillante. Su porte era imponente, elegante, frío.
Dos guardaespaldas lo seguían de cerca.
Sentí cómo la sangre me abandonaba el cuerpo.
—¿Por qué está aquí…? —susurré, sin voz.
Roberto sonrió con malicia.
—Mi primo está aquí —dijo con una satisfacción cruel—. ¿Por qué no le preguntamos directamente?
Lo miré, incr