El papel llevaba todo el día anterior sobre la mesa.
Laura lo había mirado varias veces sin tocarlo. Por la tarde, mientras preparaba la cena. Por la noche, antes de apagar la luz del despacho. Cada vez pensaba lo mismo: todavía no.
Esa mañana fue distinto.
Se sentó al escritorio a las nueve. El café estaba a la temperatura correcta, ni demasiado caliente para beber ni tan frío como para no merecer la pena. Las cuatro imágenes en la pared, con la luz de octubre entrando oblicua por la ventana,