El Museo Reina Sofía abría a las diez.
Laura entró a las ocho y media, por la puerta de servicio, con el pase que Santi le había conseguido y la instrucción precisa de no tocar nada hasta que él llegara.
No tocó nada.
Caminó despacio por las salas vacías, todavía con los técnicos de iluminación terminando de ajustar los focos sobre cada cuadro, el olor a pintura fresca de las paredes recién acondicionadas para la muestra, el silencio particular de un museo antes de que entre el público, cuando