La placa tenía cuatro nombres.
Laura se detuvo en la acera, como hacía a veces, el tiempo suficiente para leer lo que llevaba años sabiendo de memoria: Echeverría, Jones, Valdés & Bosch. Cuatro apellidos en el mismo metal, con la misma tipografía, sin ningún orden de jerarquía visible más allá del orden en que habían llegado.
Treinta y tres años desde que el primer nombre aparecía en ninguna placa y la firma era solo una idea con portafolio y una lista de cosas que demostrar.
Entró.
Era lunes.