Lisboa no olía a Madrid.
Olía a Atlántico y a adoquín mojado y a esa humedad salada que llega del río cuando el viento viene del oeste. Un olor que Laura no conocía bien y que por eso mismo le daba cierto alivio, porque era un olor que no tenía memoria pegada.
Llegaron un martes a las diez de la mañana.
El promotor los recibió en una oficina con vistas al Tejo: un hombre de unos sesenta años, pelo blanco, manos de quien ha movido cemento con ellas además de contratos. Hablaba portugués lento y