La videollamada se programó para las nueve de la noche, hora de Madrid.
Las tres de la tarde en Hong Kong.
Laura llevó el portátil a la sala pequeña del despacho de Bruno. Cerró la puerta. Apagó la luz del techo y dejó solo el flexo del escritorio. Sin fondo caótico. Sin documentos visibles. Solo ella, la cámara, y la cara de Mei Lin que aparecería al otro lado de la pantalla.
Álvaro estaba en la sala contigua.
Había pedido estar cerca. Laura lo había permitido. La puerta estaría cerrada. Eso e