Pati llega al despacho de Laura a las nueve en punto, con una carpeta física bajo el brazo. No un correo. No una llamada. Una carpeta de verdad, con tapas de cartón, cerrada con una goma elástica.
Eso ya dice algo antes de que Pati abra la boca.
—Siéntate —dice Laura, aunque Pati ya se está sentando, como si las dos hubieran acordado sin palabras que esta conversación necesita sillas y no el sofá, mesa y no sillón, la formalidad de un despacho y no la calidez de una cocina.
Pati abre la carpeta