El restaurante tenía cuatro mesas y una barra y el olor de los sitios que cocinan de verdad.
No había nadie en la barra. Las mesas estaban vacías a esa hora de la tarde, entre el almuerzo y la cena. Desde la cocina llegaba el ruido del agua y el metal de una sartén contra el fuego.
Laura se quedó quieta un momento en la puerta.
Después fue hacia la barra.
—Hola —dijo.
Nadie respondió.
—Hola —repitió, un poco más alto.
El ruido de la cocina se detuvo.
Apareció una mujer de unos cincuenta y tanto