Doce horas al día era mucho tiempo para compartir con alguien.
Laura lo había calculado sin querer: llegaba a las ocho y media, Álvaro llegaba a las nueve. Se cruzaban en el pasillo, en el café, en la sala de reuniones pequeña donde Pati insistía en que las decisiones urgentes se tomaban mejor con espacio suficiente para que nadie estuviera de pie.
Doce horas. La mayoría de los días.
A veces más.
La co-dirección funcionaba porque los dos sabían lo que hacían y porque habían aprendido, después d