El investigador privado se llamaba Marcos Peña.
Bruno lo identificó en menos de dos horas. No porque fuera difícil encontrarlo. Sino porque Marcos Peña tenía la costumbre de los profesionales de segunda fila que trabajan para clientes con dinero: dejaba rastros que no veía nadie que no supiera mirar, pero que alguien como Bruno encontraba con la misma facilidad con que encuentra las cosas en un cajón que conoce bien.
Peña había facturado a través de una empresa de seguridad con sede en Getafe.