Leila se quedó paralizada en el gran vestíbulo, escuchando cómo se alejaba el ronroneo del motor del coche. Llevaba puesta una de sus prendas defensivas: una sudadera de la universidad, vieja y desgastada, y unos pantalones de chándal.
—Vaya, qué lástima.
La voz de Jeffery resonó desde lo alto de la escalera curva. Ella levantó la vista. Él estaba apoyado en la barandilla, vestido con unos pantalones cómodos de color gris oscuro y una camiseta blanca ajustada que marcaba cada músculo de su pech