El silencio en el despacho era absoluto, interrumpido únicamente por los sonidos entrecortados de sus respiraciones, que poco a poco volvían a la normalidad.
Isabella yacía entre ambos, como una muñeca flácida y brillante de sudor sobre la manchada alfombra persa, sintiendo los hilos fríos de semen que goteaban de sus agujeros ultrajados. El olor a sexo, salado y almizclado, flotaba denso en el aire, como un tatuaje permanente sobre la anterior austeridad de la habitación. Su cuerpo palpitaba c