Alana salió de la empresa con pasos apresurados, sus zapatillas deportivas rechinando contra el mármol mientras intentaba contener las lágrimas que brotaban sin control, el dolor en su pecho era tan intenso que apenas podía respirar y cuando al fin salió de allí, se detuvo en la acera, sintiendo cómo el mundo a su alrededor seguía girando, indiferente a su sufrimiento. ¿Por qué no podía ser suficiente? Ni para los humanos, ni para los lobos, ni siquiera para aquellos que se suponía que la debía