El sonido del agua rebotaba en las paredes de la piscina cubierta, mezclándose con los gritos y risas de los niños. El cloro impregnaba el aire, y las luces blancas del techo reflejaban destellos en las superficies húmedas. Mariposa se detuvo al borde del ventanal que separaba la zona de espera del área de natación. Buscó con la mirada entre las niñas del grupo y la encontró enseguida: Maggie, con su gorro celeste y sus movimientos pulidos, seguía con precisión las instrucciones del entrenador.