Michael Falcone estaba evaluando los destrozos de su casa en la bahía de California, agachado observando con pesar un portaretratos roto en su manos, cuando escuchó un griterío que provenía de la puerta. Poco después entró uno de sus hombres de seguridad acompañado de un Tom furioso, el joven tenía el rostro enrojecido de ira y Michael no pudo evitar mirarlo sorprendido. — ¡¿Dónde está ese hijo de puta de Lucky Luciano?! ¡Lo voy a hacer pagar por todo lo que ha hecho! — espetó el rubio rabioso.