Adriana estaba de pie en el medio de la habitación de Solana, con una perplejidad evidente en su rostro. Sus ojos se posaron nuevamente en el papel arrugado que tenía entre sus manos. Ella, levantando el papel, la miró nuevamente estupefacta. — ¿Qué es esto, Solana? — le preguntó, su rostro blanco como el trozo de papel que sostenía su pequeña mano. Solana, la joven niñera de cabello claro, sonrió con satisfacción desde la cama. Parecía saber algo que evidentemente no conocía Adriana. Así que con una sonrisa enigmática pero siniestra le respondió: — Ah, eso... No sé por qué te sorprendes tanto, Adriana. Yo hubiera jurado que con tanto mami de aquí y allá ya te habías percatado…— dijo y encogió sus hombros como si nada mientras hundía el mundo entero de Adriana. En otra ocasión la joven madre la hubiera estrangulado con sus propias manos pero había quedado momentáneamente en shock con esa información. Confundida por la reacción de Solana. Se acercó un poco más, aún sosteniendo el papel